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[ clarinetista - saxofonista - arreglador ]
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Inicio: humor: Reportaje a Alberto Lysy

 

Stockhausen, un sinvergüenza, dice Alberto Lysy

Miguel Brascó, Revista EGO, Noviembre 2001

 


Tiene esa fonética con sonido ghë incorporado que distingue a los argentinos con muchos años de residencia en París, la cadencia con que hablaba Julio Cortázar cuando, cada tanto, volvía a Buenos Aires. “Sí, puede ser —dice Alberto Lysy— pero en todo caso no es acento adquirido en París sino en Chateau D´Oex, donde vivo desde hace años”. El violinista llega al almuerzo EGO, salón privado del restaurante Oviedo, acompañado por su amigo Manuel Mas, famoso también pero por otras razones: Manolo es quien produce, junto con su hermano Antonio, los vinos Finca La Anita. El bodeguero no habla con la ghë pero, en cambio, es un virtuoso del piano. Por el momento toca Mozart y Chopin, después se verá. “Somos colegas”, dice Lysy, y su acompañante se pone ancho como baraja de truco.
Qué elegantes llegan ambos, qué jóvenes y desenvueltos. Me miro de refilón en un espejo del salón (hay dos) y, en comparación, me veo desprolijo, con seis kilos de más y achacado, resbalando a valetudinario. “No, no, se te ve muy bien”, dice Manuel Mas, que se compadece fácil. El violinista me juna intenso, como miran los famosos ¿se fijó? y cloquea un ghë ghë ininteligible. Se abstiene de cumplidos, los grandes artistas no mienten.
Estamos sentados a la mesa con copas de champagne y un amuse gueule muy excitante que, últimamente, sirve Emilio Garip en su restaurante, un pocillito de sopa crema intensa de espinacas con aderezo de vaya uno a saber qué pero te hace subir un arrebol a la mejilla. “No se dice amuse gueule, suena medio guarango” explica Manuel Mas. “En argot parisino gueule significa jeta; más fino es decir amuse bouche”. De manera que me rectifico: Garip nos manda un amuse bouche que te arrebola. Lysy lo prueba con un beneplácito que se manifiesta en dos sonidos para adentro, tipo uhmm, en fa y en sol bemol respectivamente.
A su lado, sobre una silla libre, ha depositado el estuche forrado en cuero opaco que contiene su violín. Yo realmente no imaginaba que los grandes violinistas anduviesen de aquí para allá con el instrumento a cuestas. Es la ventaja que tienen por sobre los pianistas. “Se me ocurrió traerlo para que hagamos una fotografía”, aclara Lysy.
“Es su famoso Guarnieri del siglo XVII”, susurra tras cartón Manuel Mas. Violines legítimos como este hay muy pocos en el mundo, digamos que no tiene precio pero por debajo de la pata debe superar el millón de dólares. El invitado a este almuerzo llegó a Oviedo en un taxi portando, mínimo, un millón de dólares sobre sus faldas. Después dicen que Buenos Aires no es una ciudad segura.
A continuación brindamos todos por el hecho de estar vivos y e-legantes (menos yo) dispuestos a gratificarnos con un delicioso almuerzo y una conversación inteligente. Brindamos levantando nuestras copas flûte a la altura de los ojos pero sin entrechoquetearlas, porque eso es cosa de gauderios rústicos en la campiña rural. Después Lysy abre el estuche y nos muestra el violín. Es delicadísimo y subyugante, le percibo como un halo opaco. No debe tener halo opaco pero a mí me da la sensación. Estoy tentado de pasar tenue la yema de mi dedo índice derecho sobre esa madera, pero me abstengo. Si alguien como yo, hijo de catalanes pobres, se atreviera a rozar con la punta del dedo cualquier cosa que valga un millón de dólares, Dios bajaría seguro de su nube ecuatorial para extenuarlo a vilipendios.

“Es un instrumento único”, dice Lysy. “Hecho por Giuseppe Guarnieri en 1706. Ahora cuando lo toque va a ver. Los Guarnieri son de sonidos menos brillantes pero mucho más sensuales que los famosos Stradivarius. Este en particular tiene varias historias, una muy conmovedora que involucra a Charles-Auguste de Bériot, apasionado violinista francés del siglo XIX, gran metejón con María Malibran una diosa del canto español, hay un teatro lírico con su nombre en Venecia. Amor imposible porque ella estaba casada y su marido no le daba el divorcio. Pero la Malibran consiguió que el Va-ticano le concediera el divorcio ante la Santa Rota.”

El mozo interrumpe. Quiere saber si vamos a tomar agua con gas o sin gas. “Con gas y sin gas” dice Manuel Mas, que en esos casos actúa perentorio. Con esa frase inventa, sin darse cuenta, una nueva categoría tipo Macedonio Fernández, de cosas que se definen por algo que tienen y no tienen al mismo tiempo. Una categoría bien argentina.

“Ahora hubieran podido casarse pero Dios no lo quiso. Ella se mató en un accidente, perdió pie bajándose de un carruaje, golpeó mal con la cabeza contra el cordón de la vereda y se descerebró. Fue una muerte trágica, un horror, ella no había cumplido todavía los veintinueve años, Bériot quedó destruido. Cuando la enterraron en el Père Lachaise tocó en la misa de cuerpo presente, con este mismo violín que tengo acá.”

“Una típica historia del romanticismo”, suspira Mas.

De veras, es curioso, a todos los románticos les pasaban esas cosas. ¿Te acordás, Manolo, la historia de Rossetti?

“Uh, lo de Rossetti.”

Alberto Lysy, que está indeciso entre pedir corvina o lenguado grillé, alza su vista del menú. “¿Qué Rossetti?” pregunta.

El poeta inglés Dante Gabriele Rossetti. Esta historia le encanta a Francis Mallmann. Se casó con una mina bárbara, lindísima, Elizabeth Siddal, una modelo que murió a los dos años, una sobredosis de opio. Cuando la enterraron un Rossetti desconsolado. metió en el ataúd la única copia que tenía, el manuscrito original, de sus poemas The House of Life dedicados a Elizabeth. Eso fue en 1862. Siete años más tarde desenterró el cadáver, abrió el féretro, sacó los poemas y los publicó. Son sus Ballads and Sonnets, editados en 1881.

El almuerzo entra en etapa de trámite intenso. Manuel Mas ha pedido arroz primavera explicando que él es de poco comer, yo me anoto con costillas de cordero patagónico grilladas al punto levemente rosadito y Lysy por la corvina. Ya están abriendo el Malbec de Finca La Anita, el bodeguero olfatea su copa y aprueba con pestañeada. Yo comento como al descuido que el apellido Lysy tiene demasiadas “y griegas” para tan pocas letras.

“Es un apellido ucraniano”, dice Lysy. “Tiene una punta de consonantes más pero cuando mi padre llegó a Argentina los funcionarios de Inmigración lo redujeron a su fonética actual. Estuvieron muy bien. Es fatigoso andar por el mundo con un apellido de pronunciación complicada.”

¿Su padre era músico?

“No. Aunque tenía vocación, muy buena oreja y le gustaba tocar el violín, digamos que las circunstancias no se le presentaron ¿cómo decirlo? favorables. Trabajaba todo el día de obrero en una fábrica. Un oído finísimo, gran amor por la música, en los ratos libres era director de coros pero recién a los veintidós años pudo tomar clases con un maestro de violín italiano. A esa edad ya es muy tarde para empezar.”

“¿Cuándo debe empezarse”, pregunta Manuel Mas.

“Bien chicos. En Japón estudian violín desde los cuatro años. Yo me inicié a los cinco. A esa edad mi padre me dijo los dedos acá, el arco así, me entregó su violín y yo encantado. A los seis yo manejaba el instrumento con tanta soltura que me llevó a un maestro. A los siete toqué un concierto de Bach con una orquesta sinfónica. Recuerdo que leía mucho mejor una partitura musical que un texto escrito.”

“A los siete años yo no quiero ni acordarme de lo que hacía”, dice Mas.

“Yo me inicié profesionalmente muy joven, a los catorce años. A partir de entonces, a cada rato, daba pequeños conciertos.”

¿Le pagaban?

“Ah sí, algunas veces sí. Conciertos de música romántica, de música contemporánea, lo que fuera. Estudié violín, piano, armonía, inglés, francés, gracias a un señor Saslavsky que me protegía. Hermano de Luis Saslavsky el director de cine. Me hizo estudiar armonía con Erwin Leuchter, gran maestro.”

En la calle Paraguay al 700.

¿Cómo sabe?

Yo iba siempre a ese edificio. Allí vivían el poeta Mario Trejo y Conrado Nalé Roxlo. El compositor Ariel Ramírez se formó también con Erwin Leuchter.

“No tomaba alumnos así nomás, había que demostrar capacidad; pero tuvo varios. Carlos Claiver estudiaba también con él. Yo integraba el grupo de Nueva Música armado por Juan Carlos Paz. Paz, quien había estudiado con Arnold Schoemberg. De modo que Nueva Música era como un reducto de la música de vanguardia, reunía a los jóvenes de mayor talento, Tauriello, Kröpfl...Una buena época de Buenos Aires.

Todas las épocas tienen lo suyo. Después el tiempo, que es el padre de la verdad, desdibuja a los mediocres y pone en valor a los tipos de talento. Eran los tiempos en que uno se encontraba por la calle con Xul Solar, Juan Carlos One-tti, Bioy, Juan Battle Planas, con Borges por ejemplo, con Luis Seoane, Raúl González Tuñón, Lalo Schiffrin, el Mono Villegas y otros así. Pero también había que aguantarse a Silvina Bullrich, Mario Jorge De Lellis y Gyula Kosice.

“Sí ”, dijo Lysy.

De los bolas tristes uno después se olvida.

“En Nueva Música me consiguieron una beca para que me fuese a Inglaterra. Yo tenía diecisiete años, todos me decían que debía conquistar Europa y allá fui. A Londres, la Silver School, donde en lugar de consolidar mi formación me tocó un maestro que era un desastre. Yo venía de estudiar con Llerko Spiller y el destino me deparó a un maestro famoso, idiotesco y mediocre. Fue una gran desilusión.”

Por la forma como mira el plato y acerca la nariz para respirarle sus aromas, se ve que Lysy es un connaisseur. Disfruta, come despacio, bien sibarita. “Notable esta merluza”, dictamina. “Nada que ver con la española, otra cosa.”

“¿Qué hiciste con el maestro inglés?”, pregunta Manuel Mas.

Eso de maestro inglés suena a título de película francesa medio pervertida. El Maestro Inglés, protagonizada por Anthony Hopkins.
“Me fui, dije chau y me fui. Para peor apenas llegué a Londres mi beca en pesos argentinos se redujo a la mitad, una de esas devaluaciones famosas que se mandaban antes los presidentes de acá. Bueno, andá reclamale ¿a quien? A Gardel. A través del clarinetista Colin Davies conseguí un cuarto en el departamento de un matrimonio inglés joven, ella violinista y él no me acuerdo en qué trabajaba. Recién casados y no se hablaban nunca, ella practicaba el violín, él leía el Manchester Guardian, ni una palabra, yo estaba ahí sin saber qué hacer con estos ingleses tan flemáticos, decía beg your pardon y me encerraba en mi pieza. En seguida me golpeaban la puerta, Albert, Albert, come over please, we’ ll like to talk a little with you. Entre e-llos no había diálogo entonces se comunicaban a través mío. Una situación que, no sé... Me fui a París y a los tres meses estaba sin un peso. París sin plata es muy jorobado. En un concierto que di para la UNESCO me presentaron al primer secretario de la Embajada Argentina, un tal Derisi, hermano de Monseñor Derisi, y lo consulté sobre las repatriaciones. Ni loco, dijo. Usted es un artista, déjelo en mis manos. Habló a Inglaterra, no sé cómo hizo pero me puso en un barco de carga que volvía a Buenos Aires desde Liverpool. Cuarenta días pusimos para atravesar el océano.”

Alberto Lysy cuenta muy bien, es un causseur como Lucio Vé Mansilla. Pero narra estilo Faulkner más que estilo Hemingway, con mucho para adelante y para atrás, flash back, como en el cine. Mientras va, viene y titubea en busca de la palabra exacta Manuel Mas y yo nos comemos y nos tomamos todo. Debemos abrir un segundo Finca Malbec.
En su segundo viaje a Europa le fue mucho mejor, ofreció una seguidilla de conciertos y ganó en Bruselas un premio consagratorio para violinistas, el Reina Elizabeth. “Que me consiguieran conciertos no era difícil, lo complicado era cobrarlos”, dijo hacia el final de su merluza. “Están los empresarios que te pagan al final y los que pagan en el entreacto. Cuando uno es novato admite todo pero después hace experiencia y sólo acepta el sistema dos: entreacto. Arthur Rubinstein me dijo una vez que él era inflexible al respecto. Entreacto.”

“Pero a Rubinstein era imposible no pagarle”, dice Manuel Mas.

“A todo el mundo, escuchame Manuel. A Joseph Ziggeti, un gran gran violinista, como Kreisler, como... bueno, le organizaron en Colombia una tournée de siete conciertos y no le pagaron ni uno. En vez de darle los honorarios le daban explicaciones. ¡A Ziggeti! El me lo contó cuando yo estaba viajando a Bogotá para tocar ahí con la Sinfónica Nacional, de manera que llegué muy prevenido.”

¿Contratado por la misma empresa que no le pagó a Ziggeti?

“No, eso hubiera sido ingenuidad eh eh masoquista. Pero era un empresario argentino, imaginate. Muy conocido, el más importante de Colombia, un tipo raro muy especial. Era tu representante, se ocupaba de todo, pero jamás iba a los conciertos. Estaba en el teatro desde temprano, verificaba las luces, la taquilla, todo, pero después se iba. Nunca se quedaba a escuchar.”

¿Por cábala?

“No, no. A mí me confesó que le aburría escuchar siempre la misma música. En las tratativas previas convinimos con él que me pagaría antes de tocar pero en la noche del concierto, yo ahí con el frac, llegaban los músicos de la orquesta, cuando le pedí el cachet me dijo que no había podido conseguir dólares, que esto, que lo otro. Discutimos pero poco, porque yo le dije si no me pagan no toco y él contestó, bueno no toque; creyó que lo estaba corriendo con la vaina. Me cambié de ropa en el camarino y salí para el hotel. ¿Qué hace? me dijo, usted no puede dejar el teatro lleno, la gente esperando, la Sinfónica, es un papelón. Yo también sabía que no podía hacerlo pero era cuestión de quien aflojaba primero. Al rato apareció en el hotel, me pagó, volví al teatro y di el concierto, todo bien. Cuando uno aprende a manejar a los empresarios, ya está.”

La fama es puro cuento, dice Lysy. Excepto Ginastera, ningún músico argentino es conocido fuera del país. Manuel Mas (derecha) escucha atónito. No se animó a preguntar por Piazzolla.

Ganar el premio Reina Elizabeth también le habrá cambiado la vida.

“Eso sí, claro, seguro. Yo era el primer sudamericano que lo ganaba y eso despertó mucha curiosidad y me puso en el centro de las noticias. Pero lo más importante fue conocerlo a Yehudi Menuhin que formaba parte del jurado y yo fui y le dije directamente que quería estudiar con él. Se desconcertó un poco, me dijo yo nunca enseñé a nadie pero su interpretación del concierto de Dvorak me emocionó mucho, voy a ver qué puedo hacer. Yo pensé, nunca más, me está sacando de encima, pero no, al tiempo me escribió desde Nueva York. Me había conseguido una ayuda de mil dólares de la Rockefeller Foundation, que ya estaban a mi nombre en la Union des Banques Suisses y, además, me invitaba tres meses a su casa en Gstaad donde me daría lecciones. Mil dólares de 1956 eran más de diez mil de ahora, imagínese; al entrar en el chalet de Menuhin la primera persona que vi era Benjamin Britten tocando el piano; y durante tres meses tomé clases con el dueño de casa. Nunca me presentó a nadie como su alumno sino como mi joven colega. Yo tenía veinte años. Esas cosas te marcan para siempre.”

Hay un silencio que Manuel Mas aprovecha para, tras declarar que Lysy es un devoto gourmet, preguntarle qué le había parecido el almuerzo. “Falta el postre todavía”, dice el invitado. “Después le digo”. Hace una finta con la capa roja y deja que el toro de las opiniones pase de largo. Pero opiniones hubo varias, ya va a ver.

“Antes de venir para acá estuve con Horacio Salgán” dice Lysy. “¿Saben que ya cumplió ochenta y cinco? Está perfecto, muy bien, súper lúcido. Se acordó de que cuando éramos chicos todos estábamos alucinados con Ravel. Era para nosotros la música moderna sin vueltas. Ravel y el ruso ¿cómo es? Stravinsky.”

“Debussy”, dice Manuel Mas como quien suspira en sueños.

“Debussy era completamente...”, dice Lysy. “Era otra cosa. Una música más bien de ideas, de impresiones. Debussy era un genio, hubo muy pocos como él.”

Hasta Stravinsky los músicos componían para el público en general. Des-pués ya no más, empiezan a componer para otros músicos, para ellos mismos, para minorías rarificadas. Hoy la gente se sienta a escuchar la Pavana para una Infanta Difunta pero ¿quién escucha Stockhausen de punta a punta?

“Lo que escucha son ruidos”, dice Lysy. “Chiqui shiqui shisssh.”

“¿Vieron lo que dijo Stockhausen sobre el ataque a las Twin Towers?”, pregunta Manuel Mas. “Le suspendieron cuatro conciertos que tenía contratados.”

“Stockhausen es un vivo, un sinvergüenza”, dice Lysy. “En un festival de La Rochelle donde yo toqué cobró cincuenta mil dólares por una obra de doce minutos donde él aparecía con un mameluco de obrero y dos martillos, uno grande y otro chico. Estuvo los doce minutos golpeando los martillos contra una tabla, bam pam pang bang, una cosa de locos, ja ja ja y los intelectuales lo escuchaban a-rrobados. A los doce minutos, tac: se le acabó la inspiración de golpe. Fue una tomada de pelos a dos percusiones. Ah, también había un tipo que hacía ¡plin! golpeando un hierro. Es la estupidez de lo exclusivamente novedoso, le pagan para que haga eso.”

Bueno, es el show. Pero nadie, que yo sepa, se sienta en su casa a escuchar música de Stockhausen.

“¡No, Stockhausen es famoso! Fíjese: usted, Manuel Mas y yo sabemos quién es, adónde está, qué dice. ¿Por qué?”

Porque el setenta por ciento del arte contemporáneo, la pintura, la literatura, la música actual, está sustentado exclusivamente sobre el marketing. Mire Andy Warhol. Él lo dijo claramente. Yo soy famoso por ser famoso, punto. Es el único mérito.

“Sí”, concede Lysy. “Hoy los distraídos de este mundo no consumen lo que les gusta sino lo que les venden. La gran música de antes, de ahora y de siempre no es para distraídos sino para quienes se mantienen atentos.”

“¿Qué va a quedar de la música contemporánea?” pregunta, o más bien, dice Manuel Mas.

“No sé. Hoy en la música hay mucha insensatez, demasiados arribistas sólo interesados por el éxito inmediato y muy pocos que saben lo que están haciendo y hacia dónde van. Arribistas como Stockhaussen o Philip Glass son quienes confunden el panorama.”

“El minimalismo de Philip Glass, qué cosa más ridícula”, dice Manuel Mas.

“Un desastre, peor que Kurt Weill.”

No le gusta Kurt Weill.

“Carece de entidad musical. Toda su obra se limita a tres canciones que los comunistas apoyaron porque llevan letras de Bertolt Brecht.”

“¿Cuáles músicos argentinos son apreciados fuera del país?” pregunta Mas.

“Ginastera está bastante reconocido. Sobre todo en Estados Unidos y en Canadá su Pampeana es muy conocida.”

¿Guastavino?

“Nadie habla de Guastavino”, dice Lysy.

Tampoco aquí, un músico tan fino. Acaba de morir en un geriátrico.

“En su casa Salgán tiene una foto junto con Guastavino, lo apreciaba mucho. Pero el único conocido afuera es Alberto Ginastera.”

¿Gianneo?

“Gianneo no. No lo tocan en ningún lado.”

¿Washington Castro?

“Ginastera y punto.”

¿Alberto Williams?

“No, tampoco.”

¿Juan Carlos Paz?

“Sí, Juan Carlos. Muy cerebral, muy frío, musicalmente importante en Argentina, pero en el resto del mundo... Fuera de Argentina sólo existe Ginastera. Ah, y Piazzolla. Piazzolla es conocido en el extranjero. ¿Sabe qué? Hay obras suyas que no están mal. Bueno, él estudió con Nadia Boulanger, la viejita amiga de Stravinsky.”
De Stravinsky, de Misia Sert y de Coco Chanel, una barra brava.
“¿Coco Chanel? No creo, ella nada que ver con la moda. Se vestía así nomás, como de hombre.”

Eso: todas lesbis.

“Esa no la tenía. Nadia daba clases en el verano y Piazzolla fue una vez. Siempre quiso ser compositor de música seria pero se hizo famoso y ganó plata con el resto. Para mí era un músico muy limitado, pero alguna obra suya es buena. Le Grand Tangó, je je, qué nombre, compuesto para Rastropovich es una obra bien, qué se yo, es linda, tiene ritmo y al público le gusta, pero no me parece trascendental.”

“Es una de las menos peores”, dice Mas.

“Pero, bueno, cortándola un poco, haciéndole algunos arreglos, mejora bastante, mucho. Pero eso no se puede decir porque sino la gente piensa y dice que uno no tiene vergüenza, es un inmoral porque corrige la obra de otro. Pero la creación artística es así, debemos entenderlo. Yo, les cuento un ejemplo, toqué una vez en el Festival de Berlín, muy serio, muy intelectual y ocho meses antes me pidieron que incluyese en mi programa la obra de un argentino contemporáneo. Entonces se la pedí a Antonio Tauriello, mi gran amigo y alumno de Ginastera. En realidad Tauriello y eh eh Gerardo Gandini eran quienes escribían las obras de Ginastera.”

¿Cómo es eso?

“Así como le digo. Ginastera era un vivo, je je, siempre le pedía a Tauriello, ché mirá tuve tales y tales ideas musicales, escribímelas. Y Tauriello o Gandini se las escribían.
Entonces, volviendo al Festival de Berlín, lo llamo a Tauriello, le digo voy a tocar una obra tuya, decime cómo es, cómo se llama para que los alemanes la pongan en el programa; me contesta, se llama Elegía y es así y de este otro modo, yo paso los datos a los organizadores del Festival, pasan los días, los meses, la partitura no llega, no llega, no llega...y no llegó. Era imposible, andá a explicarle a un alemán que la música no había llegado. Entonces, el día que debía tocarla yo me paré ahí, era una obra para violín solo, y la toqué. Inventé toda la Elegía de Tauriello.”

“¿La inventaste en base a qué?” pregunta Mas, está fascinado.

“En base a lo que se me iba ocurriendo en ese momento. Completamente, completamente, una cosa completamente moderna, toda inventada por mí ahí en el escenario, en base a lo mucho que sé sobre música contemporánea, sobre Tauriello y las cosas que componen los argentinos. Los diarios, al día siguiente, coincidieron todos en que la Elegía era una obra excepcional con tales y tales características, grandes elogios. Sobre el resto, que yo había tocado muy bien, no decían casi nada.”

El postre fue traído y comido; un rotundo oporto Graham, tomado también. Ahora Alberto Lysy deberá opinar sobre el almuerzo como prometió hace un rato. En cambio abre el estuche, saca el ins-trumento de un millón de dólares que Dios tiene vedado tocar a los hijos de catalanes pobres, y dice “ahora escucharán como suena un auténtico Guarnieri.”
Suena denso a continuación, carnal, aterciopelado, profundo, en un Bach que Mariana Eliano, fotógrafa péndex, documenta profusamente en su Nikon. Los violinistas tienen estos recursos para decir o hacer lo que les da la gana

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