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Tiene
esa fonética con sonido ghë incorporado que distingue
a los argentinos con muchos años de residencia en París,
la cadencia con que hablaba Julio Cortázar cuando, cada tanto,
volvía a Buenos Aires. “Sí, puede ser —dice
Alberto Lysy— pero en todo caso no es acento adquirido en
París sino en Chateau D´Oex, donde vivo desde hace
años”. El violinista llega al almuerzo EGO, salón
privado del restaurante Oviedo, acompañado por su amigo Manuel
Mas, famoso también pero por otras razones: Manolo es quien
produce, junto con su hermano Antonio, los vinos Finca La Anita.
El bodeguero no habla con la ghë pero, en cambio, es un virtuoso
del piano. Por el momento toca Mozart y Chopin, después se
verá. “Somos colegas”, dice Lysy, y su acompañante
se pone ancho como baraja de truco.
Qué elegantes llegan ambos, qué jóvenes y desenvueltos.
Me miro de refilón en un espejo del salón (hay dos)
y, en comparación, me veo desprolijo, con seis kilos de más
y achacado, resbalando a valetudinario. “No, no, se te ve
muy bien”, dice Manuel Mas, que se compadece fácil.
El violinista me juna intenso, como miran los famosos ¿se
fijó? y cloquea un ghë ghë ininteligible. Se abstiene
de cumplidos, los grandes artistas no mienten.
Estamos sentados a la mesa con copas de champagne y un amuse gueule
muy excitante que, últimamente, sirve Emilio Garip en su
restaurante, un pocillito de sopa crema intensa de espinacas con
aderezo de vaya uno a saber qué pero te hace subir un arrebol
a la mejilla. “No se dice amuse gueule, suena medio guarango”
explica Manuel Mas. “En argot parisino gueule significa jeta;
más fino es decir amuse bouche”. De manera que me rectifico:
Garip nos manda un amuse bouche que te arrebola. Lysy lo prueba
con un beneplácito que se manifiesta en dos sonidos para
adentro, tipo uhmm, en fa y en sol bemol respectivamente.
A su lado, sobre una silla libre, ha depositado el estuche forrado
en cuero opaco que contiene su violín. Yo realmente no imaginaba
que los grandes violinistas anduviesen de aquí para allá
con el instrumento a cuestas. Es la ventaja que tienen por sobre
los pianistas. “Se me ocurrió traerlo para que hagamos
una fotografía”, aclara Lysy.
“Es su famoso Guarnieri del siglo XVII”, susurra tras
cartón Manuel Mas. Violines legítimos como este hay
muy pocos en el mundo, digamos que no tiene precio pero por debajo
de la pata debe superar el millón de dólares. El invitado
a este almuerzo llegó a Oviedo en un taxi portando, mínimo,
un millón de dólares sobre sus faldas. Después
dicen que Buenos Aires no es una ciudad segura.
A continuación brindamos todos por el hecho de estar vivos
y e-legantes (menos yo) dispuestos a gratificarnos con un delicioso
almuerzo y una conversación inteligente. Brindamos levantando
nuestras copas flûte a la altura de los ojos pero sin entrechoquetearlas,
porque eso es cosa de gauderios rústicos en la campiña
rural. Después Lysy abre el estuche y nos muestra el violín.
Es delicadísimo y subyugante, le percibo como un halo opaco.
No debe tener halo opaco pero a mí me da la sensación.
Estoy tentado de pasar tenue la yema de mi dedo índice derecho
sobre esa madera, pero me abstengo. Si alguien como yo, hijo de
catalanes pobres, se atreviera a rozar con la punta del dedo cualquier
cosa que valga un millón de dólares, Dios bajaría
seguro de su nube ecuatorial para extenuarlo a vilipendios.
“Es un instrumento único”,
dice Lysy. “Hecho por Giuseppe Guarnieri en 1706. Ahora cuando
lo toque va a ver. Los Guarnieri son de sonidos menos brillantes
pero mucho más sensuales que los famosos Stradivarius. Este
en particular tiene varias historias, una muy conmovedora que involucra
a Charles-Auguste de Bériot, apasionado violinista francés
del siglo XIX, gran metejón con María Malibran una
diosa del canto español, hay un teatro lírico con
su nombre en Venecia. Amor imposible porque ella estaba casada y
su marido no le daba el divorcio. Pero la Malibran consiguió
que el Va-ticano le concediera el divorcio ante la Santa Rota.”
El mozo interrumpe. Quiere saber si vamos a tomar
agua con gas o sin gas. “Con gas y sin gas” dice Manuel
Mas, que en esos casos actúa perentorio. Con esa frase inventa,
sin darse cuenta, una nueva categoría tipo Macedonio Fernández,
de cosas que se definen por algo que tienen y no tienen al mismo
tiempo. Una categoría bien argentina.
“Ahora hubieran podido casarse pero Dios
no lo quiso. Ella se mató en un accidente, perdió
pie bajándose de un carruaje, golpeó mal con la cabeza
contra el cordón de la vereda y se descerebró. Fue
una muerte trágica, un horror, ella no había cumplido
todavía los veintinueve años, Bériot quedó
destruido. Cuando la enterraron en el Père Lachaise tocó
en la misa de cuerpo presente, con este mismo violín que
tengo acá.”
“Una típica historia del romanticismo”,
suspira Mas.
De veras, es curioso, a todos los románticos
les pasaban esas cosas. ¿Te acordás, Manolo, la historia
de Rossetti?
“Uh, lo de Rossetti.”
Alberto Lysy, que está indeciso entre
pedir corvina o lenguado grillé, alza su vista del menú.
“¿Qué Rossetti?” pregunta.
El poeta inglés Dante Gabriele Rossetti.
Esta historia le encanta a Francis Mallmann. Se casó con
una mina bárbara, lindísima, Elizabeth Siddal, una
modelo que murió a los dos años, una sobredosis de
opio. Cuando la enterraron un Rossetti desconsolado. metió
en el ataúd la única copia que tenía, el manuscrito
original, de sus poemas The House of Life dedicados a Elizabeth.
Eso fue en 1862. Siete años más tarde desenterró
el cadáver, abrió el féretro, sacó los
poemas y los publicó. Son sus Ballads and Sonnets, editados
en 1881.
El almuerzo entra en etapa de trámite
intenso. Manuel Mas ha pedido arroz primavera explicando que él
es de poco comer, yo me anoto con costillas de cordero patagónico
grilladas al punto levemente rosadito y Lysy por la corvina. Ya
están abriendo el Malbec de Finca La Anita, el bodeguero
olfatea su copa y aprueba con pestañeada. Yo comento como
al descuido que el apellido Lysy tiene demasiadas “y griegas”
para tan pocas letras.
“Es un apellido ucraniano”, dice
Lysy. “Tiene una punta de consonantes más pero cuando
mi padre llegó a Argentina los funcionarios de Inmigración
lo redujeron a su fonética actual. Estuvieron muy bien. Es
fatigoso andar por el mundo con un apellido de pronunciación
complicada.”
¿Su padre era músico?
“No. Aunque tenía vocación,
muy buena oreja y le gustaba tocar el violín, digamos que
las circunstancias no se le presentaron ¿cómo decirlo?
favorables. Trabajaba todo el día de obrero en una fábrica.
Un oído finísimo, gran amor por la música,
en los ratos libres era director de coros pero recién a los
veintidós años pudo tomar clases con un maestro de
violín italiano. A esa edad ya es muy tarde para empezar.”
“¿Cuándo debe empezarse”,
pregunta Manuel Mas.
“Bien chicos. En Japón estudian
violín desde los cuatro años. Yo me inicié
a los cinco. A esa edad mi padre me dijo los dedos acá, el
arco así, me entregó su violín y yo encantado.
A los seis yo manejaba el instrumento con tanta soltura que me llevó
a un maestro. A los siete toqué un concierto de Bach con
una orquesta sinfónica. Recuerdo que leía mucho mejor
una partitura musical que un texto escrito.”
“A los siete años yo no quiero ni
acordarme de lo que hacía”, dice Mas.
“Yo me inicié profesionalmente muy
joven, a los catorce años. A partir de entonces, a cada rato,
daba pequeños conciertos.”
¿Le pagaban?
“Ah sí, algunas veces sí.
Conciertos de música romántica, de música contemporánea,
lo que fuera. Estudié violín, piano, armonía,
inglés, francés, gracias a un señor Saslavsky
que me protegía. Hermano de Luis Saslavsky el director de
cine. Me hizo estudiar armonía con Erwin Leuchter, gran maestro.”
En la calle Paraguay al 700.
¿Cómo sabe?
Yo iba siempre a ese edificio. Allí vivían
el poeta Mario Trejo y Conrado Nalé Roxlo. El compositor
Ariel Ramírez se formó también con Erwin Leuchter.
“No tomaba alumnos así nomás,
había que demostrar capacidad; pero tuvo varios. Carlos Claiver
estudiaba también con él. Yo integraba el grupo de
Nueva Música armado por Juan Carlos Paz. Paz, quien había
estudiado con Arnold Schoemberg. De modo que Nueva Música
era como un reducto de la música de vanguardia, reunía
a los jóvenes de mayor talento, Tauriello, Kröpfl...Una
buena época de Buenos Aires.
Todas las épocas tienen lo suyo. Después
el tiempo, que es el padre de la verdad, desdibuja a los mediocres
y pone en valor a los tipos de talento. Eran los tiempos en que
uno se encontraba por la calle con Xul Solar, Juan Carlos One-tti,
Bioy, Juan Battle Planas, con Borges por ejemplo, con Luis Seoane,
Raúl González Tuñón, Lalo Schiffrin,
el Mono Villegas y otros así. Pero también había
que aguantarse a Silvina Bullrich, Mario Jorge De Lellis y Gyula
Kosice.
“Sí ”, dijo Lysy.
De los bolas tristes uno después se olvida.
“En Nueva Música me consiguieron
una beca para que me fuese a Inglaterra. Yo tenía diecisiete
años, todos me decían que debía conquistar
Europa y allá fui. A Londres, la Silver School, donde en
lugar de consolidar mi formación me tocó un maestro
que era un desastre. Yo venía de estudiar con Llerko Spiller
y el destino me deparó a un maestro famoso, idiotesco y mediocre.
Fue una gran desilusión.”
Por la forma como mira el plato y acerca la nariz
para respirarle sus aromas, se ve que Lysy es un connaisseur. Disfruta,
come despacio, bien sibarita. “Notable esta merluza”,
dictamina. “Nada que ver con la española, otra cosa.”
“¿Qué hiciste con el maestro
inglés?”, pregunta Manuel Mas.
Eso de maestro inglés suena a título
de película francesa medio pervertida. El Maestro Inglés,
protagonizada por Anthony Hopkins.
“Me fui, dije chau y me fui. Para peor apenas llegué
a Londres mi beca en pesos argentinos se redujo a la mitad, una
de esas devaluaciones famosas que se mandaban antes los presidentes
de acá. Bueno, andá reclamale ¿a quien? A Gardel.
A través del clarinetista Colin Davies conseguí un
cuarto en el departamento de un matrimonio inglés joven,
ella violinista y él no me acuerdo en qué trabajaba.
Recién casados y no se hablaban nunca, ella practicaba el
violín, él leía el Manchester Guardian, ni
una palabra, yo estaba ahí sin saber qué hacer con
estos ingleses tan flemáticos, decía beg your pardon
y me encerraba en mi pieza. En seguida me golpeaban la puerta, Albert,
Albert, come over please, we’ ll like to talk a little with
you. Entre e-llos no había diálogo entonces se comunicaban
a través mío. Una situación que, no sé...
Me fui a París y a los tres meses estaba sin un peso. París
sin plata es muy jorobado. En un concierto que di para la UNESCO
me presentaron al primer secretario de la Embajada Argentina, un
tal Derisi, hermano de Monseñor Derisi, y lo consulté
sobre las repatriaciones. Ni loco, dijo. Usted es un artista, déjelo
en mis manos. Habló a Inglaterra, no sé cómo
hizo pero me puso en un barco de carga que volvía a Buenos
Aires desde Liverpool. Cuarenta días pusimos para atravesar
el océano.”
Alberto Lysy cuenta muy bien, es un causseur
como Lucio Vé Mansilla. Pero narra estilo Faulkner más
que estilo Hemingway, con mucho para adelante y para atrás,
flash back, como en el cine. Mientras va, viene y titubea en busca
de la palabra exacta Manuel Mas y yo nos comemos y nos tomamos todo.
Debemos abrir un segundo Finca Malbec.
En su segundo viaje a Europa le fue mucho mejor, ofreció
una seguidilla de conciertos y ganó en Bruselas un premio
consagratorio para violinistas, el Reina Elizabeth. “Que me
consiguieran conciertos no era difícil, lo complicado era
cobrarlos”, dijo hacia el final de su merluza. “Están
los empresarios que te pagan al final y los que pagan en el entreacto.
Cuando uno es novato admite todo pero después hace experiencia
y sólo acepta el sistema dos: entreacto. Arthur Rubinstein
me dijo una vez que él era inflexible al respecto. Entreacto.”
“Pero a Rubinstein era imposible no pagarle”,
dice Manuel Mas.
“A todo el mundo, escuchame Manuel. A Joseph
Ziggeti, un gran gran violinista, como Kreisler, como... bueno,
le organizaron en Colombia una tournée de siete conciertos
y no le pagaron ni uno. En vez de darle los honorarios le daban
explicaciones. ¡A Ziggeti! El me lo contó cuando yo
estaba viajando a Bogotá para tocar ahí con la Sinfónica
Nacional, de manera que llegué muy prevenido.”
¿Contratado por la misma empresa que no
le pagó a Ziggeti?
“No, eso hubiera sido ingenuidad eh eh
masoquista. Pero era un empresario argentino, imaginate. Muy conocido,
el más importante de Colombia, un tipo raro muy especial.
Era tu representante, se ocupaba de todo, pero jamás iba
a los conciertos. Estaba en el teatro desde temprano, verificaba
las luces, la taquilla, todo, pero después se iba. Nunca
se quedaba a escuchar.”
¿Por cábala?
“No, no. A mí me confesó
que le aburría escuchar siempre la misma música. En
las tratativas previas convinimos con él que me pagaría
antes de tocar pero en la noche del concierto, yo ahí con
el frac, llegaban los músicos de la orquesta, cuando le pedí
el cachet me dijo que no había podido conseguir dólares,
que esto, que lo otro. Discutimos pero poco, porque yo le dije si
no me pagan no toco y él contestó, bueno no toque;
creyó que lo estaba corriendo con la vaina. Me cambié
de ropa en el camarino y salí para el hotel. ¿Qué
hace? me dijo, usted no puede dejar el teatro lleno, la gente esperando,
la Sinfónica, es un papelón. Yo también sabía
que no podía hacerlo pero era cuestión de quien aflojaba
primero. Al rato apareció en el hotel, me pagó, volví
al teatro y di el concierto, todo bien. Cuando uno aprende a manejar
a los empresarios, ya está.”
La fama es puro cuento, dice Lysy. Excepto Ginastera,
ningún músico argentino es conocido fuera del país.
Manuel Mas (derecha) escucha atónito. No se animó
a preguntar por Piazzolla.
Ganar el premio Reina Elizabeth también
le habrá cambiado la vida.
“Eso sí, claro, seguro. Yo era el
primer sudamericano que lo ganaba y eso despertó mucha curiosidad
y me puso en el centro de las noticias. Pero lo más importante
fue conocerlo a Yehudi Menuhin que formaba parte del jurado y yo
fui y le dije directamente que quería estudiar con él.
Se desconcertó un poco, me dijo yo nunca enseñé
a nadie pero su interpretación del concierto de Dvorak me
emocionó mucho, voy a ver qué puedo hacer. Yo pensé,
nunca más, me está sacando de encima, pero no, al
tiempo me escribió desde Nueva York. Me había conseguido
una ayuda de mil dólares de la Rockefeller Foundation, que
ya estaban a mi nombre en la Union des Banques Suisses y, además,
me invitaba tres meses a su casa en Gstaad donde me daría
lecciones. Mil dólares de 1956 eran más de diez mil
de ahora, imagínese; al entrar en el chalet de Menuhin la
primera persona que vi era Benjamin Britten tocando el piano; y
durante tres meses tomé clases con el dueño de casa.
Nunca me presentó a nadie como su alumno sino como mi joven
colega. Yo tenía veinte años. Esas cosas te marcan
para siempre.”
Hay un silencio que Manuel Mas aprovecha para,
tras declarar que Lysy es un devoto gourmet, preguntarle qué
le había parecido el almuerzo. “Falta el postre todavía”,
dice el invitado. “Después le digo”. Hace una
finta con la capa roja y deja que el toro de las opiniones pase
de largo. Pero opiniones hubo varias, ya va a ver.
“Antes de venir para acá estuve
con Horacio Salgán” dice Lysy. “¿Saben
que ya cumplió ochenta y cinco? Está perfecto, muy
bien, súper lúcido. Se acordó de que cuando
éramos chicos todos estábamos alucinados con Ravel.
Era para nosotros la música moderna sin vueltas. Ravel y
el ruso ¿cómo es? Stravinsky.”
“Debussy”, dice Manuel Mas como quien
suspira en sueños.
“Debussy era completamente...”, dice
Lysy. “Era otra cosa. Una música más bien de
ideas, de impresiones. Debussy era un genio, hubo muy pocos como
él.”
Hasta Stravinsky los músicos componían
para el público en general. Des-pués ya no más,
empiezan a componer para otros músicos, para ellos mismos,
para minorías rarificadas. Hoy la gente se sienta a escuchar
la Pavana para una Infanta Difunta pero ¿quién escucha
Stockhausen de punta a punta?
“Lo que escucha son ruidos”, dice
Lysy. “Chiqui shiqui shisssh.”
“¿Vieron lo que dijo Stockhausen
sobre el ataque a las Twin Towers?”, pregunta Manuel Mas.
“Le suspendieron cuatro conciertos que tenía contratados.”
“Stockhausen es un vivo, un sinvergüenza”,
dice Lysy. “En un festival de La Rochelle donde yo toqué
cobró cincuenta mil dólares por una obra de doce minutos
donde él aparecía con un mameluco de obrero y dos
martillos, uno grande y otro chico. Estuvo los doce minutos golpeando
los martillos contra una tabla, bam pam pang bang, una cosa de locos,
ja ja ja y los intelectuales lo escuchaban a-rrobados. A los doce
minutos, tac: se le acabó la inspiración de golpe.
Fue una tomada de pelos a dos percusiones. Ah, también había
un tipo que hacía ¡plin! golpeando un hierro. Es la
estupidez de lo exclusivamente novedoso, le pagan para que haga
eso.”
Bueno, es el show. Pero nadie, que yo sepa, se
sienta en su casa a escuchar música de Stockhausen.
“¡No, Stockhausen es famoso! Fíjese:
usted, Manuel Mas y yo sabemos quién es, adónde está,
qué dice. ¿Por qué?”
Porque el setenta por ciento del arte contemporáneo,
la pintura, la literatura, la música actual, está
sustentado exclusivamente sobre el marketing. Mire Andy Warhol.
Él lo dijo claramente. Yo soy famoso por ser famoso, punto.
Es el único mérito.
“Sí”, concede Lysy. “Hoy
los distraídos de este mundo no consumen lo que les gusta
sino lo que les venden. La gran música de antes, de ahora
y de siempre no es para distraídos sino para quienes se mantienen
atentos.”
“¿Qué va a quedar de la música
contemporánea?” pregunta, o más bien, dice Manuel
Mas.
“No sé. Hoy en la música
hay mucha insensatez, demasiados arribistas sólo interesados
por el éxito inmediato y muy pocos que saben lo que están
haciendo y hacia dónde van. Arribistas como Stockhaussen
o Philip Glass son quienes confunden el panorama.”
“El minimalismo de Philip Glass, qué
cosa más ridícula”, dice Manuel Mas.
“Un desastre, peor que Kurt Weill.”
No le gusta Kurt Weill.
“Carece de entidad musical. Toda su obra
se limita a tres canciones que los comunistas apoyaron porque llevan
letras de Bertolt Brecht.”
“¿Cuáles músicos argentinos
son apreciados fuera del país?” pregunta Mas.
“Ginastera está bastante reconocido.
Sobre todo en Estados Unidos y en Canadá su Pampeana es muy
conocida.”
¿Guastavino?
“Nadie habla de Guastavino”, dice
Lysy.
Tampoco aquí, un músico tan fino.
Acaba de morir en un geriátrico.
“En su casa Salgán tiene una foto
junto con Guastavino, lo apreciaba mucho. Pero el único conocido
afuera es Alberto Ginastera.”
¿Gianneo?
“Gianneo no. No lo tocan en ningún
lado.”
¿Washington Castro?
“Ginastera y punto.”
¿Alberto Williams?
“No, tampoco.”
¿Juan Carlos Paz?
“Sí, Juan Carlos. Muy cerebral,
muy frío, musicalmente importante en Argentina, pero en el
resto del mundo... Fuera de Argentina sólo existe Ginastera.
Ah, y Piazzolla. Piazzolla es conocido en el extranjero. ¿Sabe
qué? Hay obras suyas que no están mal. Bueno, él
estudió con Nadia Boulanger, la viejita amiga de Stravinsky.”
De Stravinsky, de Misia Sert y de Coco Chanel, una barra brava.
“¿Coco Chanel? No creo, ella nada que ver con la moda.
Se vestía así nomás, como de hombre.”
Eso: todas lesbis.
“Esa no la tenía. Nadia daba clases
en el verano y Piazzolla fue una vez. Siempre quiso ser compositor
de música seria pero se hizo famoso y ganó plata con
el resto. Para mí era un músico muy limitado, pero
alguna obra suya es buena. Le Grand Tangó, je je, qué
nombre, compuesto para Rastropovich es una obra bien, qué
se yo, es linda, tiene ritmo y al público le gusta, pero
no me parece trascendental.”
“Es una de las menos peores”, dice
Mas.
“Pero, bueno, cortándola un poco,
haciéndole algunos arreglos, mejora bastante, mucho. Pero
eso no se puede decir porque sino la gente piensa y dice que uno
no tiene vergüenza, es un inmoral porque corrige la obra de
otro. Pero la creación artística es así, debemos
entenderlo. Yo, les cuento un ejemplo, toqué una vez en el
Festival de Berlín, muy serio, muy intelectual y ocho meses
antes me pidieron que incluyese en mi programa la obra de un argentino
contemporáneo. Entonces se la pedí a Antonio Tauriello,
mi gran amigo y alumno de Ginastera. En realidad Tauriello y eh
eh Gerardo Gandini eran quienes escribían las obras de Ginastera.”
¿Cómo es eso?
“Así como le digo. Ginastera era
un vivo, je je, siempre le pedía a Tauriello, ché
mirá tuve tales y tales ideas musicales, escribímelas.
Y Tauriello o Gandini se las escribían.
Entonces, volviendo al Festival de Berlín, lo llamo a Tauriello,
le digo voy a tocar una obra tuya, decime cómo es, cómo
se llama para que los alemanes la pongan en el programa; me contesta,
se llama Elegía y es así y de este otro modo, yo paso
los datos a los organizadores del Festival, pasan los días,
los meses, la partitura no llega, no llega, no llega...y no llegó.
Era imposible, andá a explicarle a un alemán que la
música no había llegado. Entonces, el día que
debía tocarla yo me paré ahí, era una obra
para violín solo, y la toqué. Inventé toda
la Elegía de Tauriello.”
“¿La inventaste en base a qué?”
pregunta Mas, está fascinado.
“En base a lo que se me iba ocurriendo
en ese momento. Completamente, completamente, una cosa completamente
moderna, toda inventada por mí ahí en el escenario,
en base a lo mucho que sé sobre música contemporánea,
sobre Tauriello y las cosas que componen los argentinos. Los diarios,
al día siguiente, coincidieron todos en que la Elegía
era una obra excepcional con tales y tales características,
grandes elogios. Sobre el resto, que yo había tocado muy
bien, no decían casi nada.”
El postre fue traído y comido; un rotundo
oporto Graham, tomado también. Ahora Alberto Lysy deberá
opinar sobre el almuerzo como prometió hace un rato. En cambio
abre el estuche, saca el ins-trumento de un millón de dólares
que Dios tiene vedado tocar a los hijos de catalanes pobres, y dice
“ahora escucharán como suena un auténtico Guarnieri.”
Suena denso a continuación, carnal, aterciopelado, profundo,
en un Bach que Mariana Eliano, fotógrafa péndex, documenta
profusamente en su Nikon. Los violinistas tienen estos recursos
para decir o hacer lo que les da la gana
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